La tribu alrededor del fuego

septiembre 27, 2026 Por Juan Diego Santacoloma

HablarteQuiero y la tribu alrededor del fuego en la noche.

– La reconstrucción de la conexión con el otro –

Casi todos hemos experimentado ese momento en el que entra un mensaje de un amigo o una llamada de tu hermana preguntando cómo va todo. No la estás pasando bien, tienes la cabeza llena de dudas, de números que no llegan, y llevas un peso muy real en el pecho, pero aún así tu respuesta automática es: “Bien, un poco cansado, pero ahí vamos”.

Callamos por cortesía: no queremos ser una carga para el día de los demás, o por vergüenza: no queremos que nos juzguen como fracasados.

La otra persona suele aceptar esa respuesta sin preguntar más. Y no necesariamente por falta de empatía, puede ser el ritmo de la vida actual que nos empuja a seguir de largo, o tal vez miedo: ver la grieta en el otro asusta, porque funciona como un espejo que nos  enseña nuestra propia fragilidad.

Esta es una reacción naturalizada, un pacto tácito moderno donde acordamos no mirar demasiado adentro. Un mecanismo de defensa frente a un entorno que se siente inestable, agobiante.

El fuego donde solíamos sanar.

La ausencia de esa conversación sanadora con el otro, conduce a una desconexión que genera la sensación de vacío hondo que podemos identificar como abandono, soledad.

Y para comprender la razón de este sentimiento, vamos a echar una ojeada al pasado a través de los estudios que por varias décadas realizó la antropóloga Polly Wiessner de los Ju/’hoansi, una de las culturas cazadoras-recolectoras más antiguas del planeta. La Dra Wiessner observó que las conversaciones que se desarrollaban en la comunidad tenían dos horarios y en función de estos, eran considerablemente distintas.

Durante el día, la tribu se enfocaba en la logística. Los intercambios eran tensos, económicos y de supervivencia: quién cazaba, hacia dónde caminar, qué recursos recolectar.

Pero cuando el sol se ocultaba, el tono cambiaba por completo al encender la fogata nocturna. Wiessner registró que más del 80% de las conversaciones de la noche consistían en mitos, historias y desahogos emocionales.

La conversación a la luz del fuego en la noche parecía ser un mecanismo de contención que permitió regular el miedo colectivo, procesar el duelo y soltar las cargas.

En esa misma línea, el también antropólogo Robin Dunbar ha planteado que hablar y ser escuchado con atención plena, funciona en nuestra biología como una versión del bienestar físico que proporciona el acicalamiento que realizan otros primates. Una suerte de “aseo social a distancia” que le dice a tu cerebro: estás a salvo dentro de la tribu.

Algún tiempo después, la ciencia lo ha comprobado.

Hoy, la ciencia no hace más que validar lo que nuestros ancestros ya sabían intuitivamente alrededor de las brasas.

Desde la neurociencia, el Dr. Matthew Lieberman descubrió el fenómeno del Affect Labeling –etiquetado afectivo–. Cuando experimentas una incertidumbre severa o un miedo profundo, la amígdala cerebral se enciende como una alarma de incendios, inundando tu cuerpo de cortisol y ansiedad. Lo fascinante es que, cuando transformas esa emoción abstracta en palabras habladas ante alguien que te escucha, la actividad cerebral se desplaza hacia la corteza prefrontal.

Al buscar los términos exactos para describir lo que sientes –“Tengo miedo de no lograrlo”–, obligas al cerebro a analizar la emoción y delimitarla. Entra en acción la planta alta, la función ejecutiva encargada de razonar, planificar y controlar.

Ponerle palabras a la experiencia emocional actúa como un freno de mano que apaga la alarma de la amígdala.

A nivel biológico, la Teoría Polivagal del Dr. Stephen Porges ha demostrado que escuchar un tono de voz cálido y receptivo en nuestro interlocutor, activa el sistema de enganche social. El cuerpo reduce la producción de adrenalina, disminuye la presión arterial y libera oxitocina.

En definitiva, ser escuchado cambia la neuroquímica con la que procesas la realidad. No cambia la situación externa, pero regula el cuerpo y mente que la afronta.

Cuando la tribu desaparece.

Lo preocupante es que en la actualidad nos hemos venido desconectado y con ello perdiendo estos espacios de bienestar generados a partir de las conversaciones con el otro. De alguna manera creímos que las redes sociales serían la gran fogata virtual donde nos encontraríamos todos, pero al final ha salido al revés.

¿Recuerdan los dos tipos de conversaciones que observó la Dra Wiessner? pues las plataformas digitales extendieron la “conversación del día en la tribu”, nos empujaron a una vitrina permanente de comparación, estatus y métricas: cuánto consigues, qué haces, qué tan perfecto luce tu entorno.

Nos hiperconectaron para competir, pero cada vez estamos más huérfanos de contención. No hay un “fuego sanador”, de la noche.

Y ese aislamiento no es un fallo individual; es el síntoma de una sociedad que se reconfiguró y redujo la comunidad a círculos mínimos de supervivencia.

Encender de nuevo el fuego.

La soberanía personal se recupera en la tribu.

¿Esto qué significa?

Que si bien no podemos controlar la incertidumbre del entorno ni la prisa de un sistema que a veces nos empuja a deshumanizarnos, sí tenemos el poder de elegir cómo decidimos sostenernos.

Para sanar y romper ese aislamiento, el primer paso es atrevernos a reconocer al otro en toda su verdad desde la base más noble que tenemos: la compasión* y cuidado mutuo.

Y la escucha es una de las llaves fundamentales que abre la puerta a ese camino para restaurar espacios donde la vulnerabilidad no se juzgue como un fallo, por el contrario, que se entienda como un acto de reconocimiento de nuestra propia fragilidad a partir del cual establecer vínculos genuinos basados en la confianza y donde la premisa sea el derecho a ser escuchado sin prisa.

Bajo esa certeza nace HablarteQuiero. Concebido como un punto de apoyo, una comunidad viva de contención para devolvernos la presencia. Es, en esencia, nuestra propia versión de la fogata: un lugar para detenernos por un momento, sentarnos a mirar las brasas compartidas y recordarnos que no nos toca transitar la tormenta en soledad.

* Compasión en el sentido budista –karuna–. Deseo de que los demás estén libres de sufrimiento.